viernes, 11 de abril de 2014

martes, 8 de abril de 2014

lunes, 7 de abril de 2014

LITERATURA UNIVERSAL: AMÉLIE NOTHOMB

En el Babelia de este sábado (5 de abril) apareció el siguiente artículo dedicado a Marguerite Durás, que considero una muy buena contribución al tema de la mujer en la literatura y, al mismo tiempo, la transculturalidad.



Mar­gue­ri­te Du­ras, año 100

Na­ci­da en Viet­nam y fa­lle­ci­da en Pa­rís, la no­ve­lis­ta, dra­ma­tur­ga, guio­nis­ta y ci­neas­ta de las mil ca­ras, rup­tu­ras y com­pro­mi­sos si­gue fas­ci­nan­do. En el cen­te­na­rio de su na­ci­mien­to, La Pléia­de pu­bli­ca to­dos sus li­bros y los tea­tros re­es­tre­nan sus obras. 

 

[...] Ayer hi­zo 100 años que Mar­gue­ri­te Du­ras na­ció en la Con­chin­chi­na. El lu­gar se lla­ma­ba Gia Dinh, cer­ca de Sai­gón, en lo que hoy es Viet­nam y en­ton­ces era la In­do­chi­na fran­ce­sa. Es­cri­to­ra, dra­ma­tur­ga, guio­nis­ta y di­rec­to­ra y pro­duc­to­ra de ci­ne, Mar­gue­ri­te Ger­mai­ne Ma­rie Don­na­dieu fue qui­zá la mu­jer más ac­ti­va e in­quie­ta y la au­to­ra más plu­ral y di­ver­sa de su épo­ca, una re­no­va­do­ra del tea­tro, la no­ve­la y el ci­ne de su tiem­po, una agi­ta­do­ra po­lí­ti­ca y cul­tu­ral que se atre­vió a rom­per las ca­de­nas y las con­ven­cio­nes mu­cho an­tes de que los ca­cho­rros de Ma­yo prohi­bie­ran prohi­bir.
[...]
 En ple­na ma­du­rez, pe­ro siem­pre in­quie­ta e in­sa­tis­fe­cha, Du­ras co­no­ció un éxi­to for­mi­da­ble: en 1984 ga­nó el Pre­mio Gon­court con El aman­te, una au­to­fic­ción so­bre su ado­les­cen­cia orien­tal que se ha­ría to­da­vía más cé­le­bre por su adap­ta­ción al ci­ne. La ver­sión de Jean-Jac­ques An­naud ba­tió ré­cords de ta­qui­lla, pe­ro Du­ras re­ne­gó por com­ple­to: “No ten­go na­da que ver con esa pe­lí­cu­la. Es un fan­tas­ma de un tal An­naud”, di­jo. En 1991, re­es­cri­bi­ría el li­bro con el tí­tu­lo El aman­te de la Chi­na del Nor­te.  Allí es­ta­ba su in­fan­cia, cos­mo­po­li­ta, co­lo­nial y pre­coz, trans­cu­rri­da en la es­cue­la de Gia Dinh, que di­ri­gía su pa­dre, Hen­ri Don­na­dieu, mien­tras su ma­dre tra­ba­ja­ba co­mo maes­tra: el prin­ci­pio de la sen­sua­li­dad, la pri­me­ra re­gla, las pri­me­ras vio­la­cio­nes de las re­glas, las es­ca­pa­das, el río de la vi­da, el se­xo, el arro­bo… El mis­mo es­pí­ri­tu trans­gre­sor que re­crea­ría de for­ma más ex­plí­ci­ta en Hi­ros­hi­ma mon amour, la pe­lí­cu­la de Alain Res­nais, que Du­ras es­cri­bió en 1959, con la pre­sen­cia de áni­mo su­fi­cien­te pa­ra co­nec­tar se­xo y muer­te —su pa­dre ha­bía muer­to en la me­tró­po­li cuan­do ella te­nía sie­te años—.

Las fo­tos la traen del pa­sa­do con el ci­ga­rri­llo en­tre las ma­nos, me­nu­da y es­qui­va, las ga­fas gor­das de pas­ta. Su bio­gra­fía es­tu­vo he­cha de idas y vuel­tas, y su obra de mun­dos le­ja­nos e ín­ti­mos, muy po­co tran­si­ta­dos por la li­te­ra­tu­ra, es­pe­cial­men­te por l a li­te­ra­tu­ra es­cri­ta por mu­je­res. Du­ras eli­gió su seu­dó­ni­mo en ho­me­na­je a la ciu­dad fran­ce­sa don­de vi­vió bre­ve­men­te en los años vein­te, pe­ro en­se­gui­da su ma­dre nó­ma­da de­ci­dió vol­ver a Cam­bo­ya, y de nue­vo a Viet­nam, an­tes de me­ter­se a te­rra­te­nien­te, arrui­nar­se y de­jar a sus tres hi­jos en la mi­se­ria. Mar­gue­ri­te lo­gra­ría ha­cer el ba­chi­lle­ra­to de Fi­lo­so­fía, vol­vió a Fran­cia, em­pe­zó De­re­cho, ter­mi­nó Cien­cias Po­lí­ti­cas y en 1938 se co­lo­có de se­cre­ta­ria en el Mi­nis­te­rio de las Co­lo­nias.

Un año des­pués, se ca­sa­ría con el poe­ta Ro­bert An­tel­me, y jun­tos lu­cha­ron en la Re­sis­ten­cia con­tra la ocu­pa­ción na­zi, aun­que ella no tar­da­ría en echar­se un aman­te y en pu­bli­car su pri­me­ra no­ve­la, Les Im­pu­dents (1943), ya con el seu­dó­ni­mo Du­ras. En 1944, su gru­po de re­sis­ten­tes ca­yó en una em­bos­ca­da; la he­roí­na con­si­guió es­ca­par gra­cias a Jac­ques Mor­land (el nom­bre de gue­rra de Fra­nçois Mit­te­rrand). An­tel­me fue de­por­ta­do a Bu­chen­wald y Da­chau. Allí lo en­con­tra­ría Mit­te­rrand en 1945, en­fer­mo de ti­fus. A su re­gre­so, An­tel­me es­cri­bi­ría un li­bro de re­fe­ren­cia so­bre los cam­pos de con­cen­tra­ción na­zis, La es­pe­cie hu­ma­na (1947).

Du­ras tam­bién con­ta­ría esa eta­pa en su re­la­to El do­lor. La pa­re­ja se hi­zo mi­li­tan­te co­mu­nis­ta y se di­vor­ció en 1946. Du­ras tu­vo un hi­jo –Jean— con su nue­va pa­re­ja, el es­cri­tor Dionys Mas­co­lo, en 1947. An­tel­me fue co­mu­nis­ta has­ta 1956. Du­ras lo de­jó un año an­tes. Más tar­de, los dos com­par­ti­rían otra cau­sa no­ble: la opo­si­ción a la gue­rra de Ar­ge­lia. An­tel­me mo­ri­ría en 1990.

An­tes de eso, en 1984, Du­ras se en­con­tró con Mit­te­rrand una no­che en un res­tau­ran­te. Aca­ba­ba de ga­nar el Gon­court y le di­jo al pre­si­den­te: “¡Aho­ra soy más cé­le­bre que us­ted!”. Tam­bién di­jo que nun­ca ha­bía men­ti­do en un li­bro, y que “lo que es­tá en los li­bros es más ver­da­de­ro que lo que el au­tor ha vi­vi­do”. Se­gún su bió­gra­fa, Lau­re Ad­ler, “Du­ras in­ven­tó una nue­va for­ma de es­cri­tu­ra can­ta­da y ha­bla­da”.  Pe­ro in­ven­tó tam­bién una for­ma de vi­da nue­va, li­bre, fe­me­ni­na y fe­mi­nis­ta, so­li­ta­ria y co­lec­ti­va, di­ver­ti­da y po­lé­mi­ca, he­cha de ex­ce­sos, re­nun­cias y li­ber­tad, de mi­li­tan­cia y agi­ta­ción.

Su his­to­ria y su obra múl­ti­ple han lle­ga­do al cen­te­na­rio de su na­ci­mien­to con la fuer­za con­te­ni­da que siem­pre tu­vie­ron. Una de­ce­na de obras tea­tra­les se re­pre­sen­ta­rán es­te año; el 13 de ma­yo La Pléia­de pu­bli­ca­rá sus obras com­ple­tas, y el Ayun­ta­mien­to de Pa­rís ha or­ga­ni­za­do de­ba­tes y con­fe­ren­cias en su ho­nor.

Des­pués de es­cri­bir do­ce­nas de no­ve­las que guia­ron los pa­sos del nou­veau ro­man, de con­ver­tir­se en una he­te­re­do­xa de la nou­ve­lle va­gue y de in­fluir en es­cri­to­res y ar­tis­tas de to­das las dis­ci­pli­nas po­si­bles, Du­ras se apa­gó el 3 de mar­zo de 1996, en el ter­cer pi­so de su ca­sa del nú­me­ro 5 de la Rue Saint-Be­noît. [....] So­bre su tum­ba, en el ce­men­te­rio de Mont­par­nas­se, sus aman­tes y se­gui­do­res si­guen de­po­si­tan­do to­da­vía hoy flo­res y re­cuer­dos. En la lá­pi­da se pue­de leer su nom de plu­me, Mar­gue­ri­te Du­ras, dos fe­chas y sus ini­cia­les: M. D.


viernes, 28 de marzo de 2014

LITERATURA UNIVERSAL: PESSOA

A continuación podéis leer un artículo muy instructivo del afamado crítico George Steiner sobre Pessoa:

Steiner


Agradecemos desde aquí las indicaciones que el señor Jõao Beja, autor de la preciosa ilustración que acompaña a esta entrada, nos da sobre dónde consultar su obra, y que os enlazo a continuación:

João Beja (I)

João Beja (II)

Gosteis imenso dos seus desenhos. Muito obrigado!!!

viernes, 21 de marzo de 2014

3º ESO: ORÍGENES DE LOS SIGNOS DE PUNTUACIÓN

En el siguiente artículo, publicado en el periódico El Mundo el 1 de marzo de 2014, se ofrece un acercamiento a los orígenes de los signos de puntuación.

VIVIR SIN COMAS


Ni los romanos ni los griegos tenían comas ni puntos y comas ni puntos y tampoco les fue tan mal así que mejor no llevarse las manos a la cabeza si un profesor de Columbia dice que claro que sí que las comas van a desaparecer y que tampoco será para tanto porque al fin y al cabo ya puntuamos nuestros mensajes de móvil como el que echa maíz a las gallinas que donde caiga la coma allí que se quedó y si los filólogos consultados por el mundo dicen que qué locura es ésta habrá que recordarles que ni los romanos ni los griegos tenían comas etcétera etcétera etcétera .

La costumbre es fuente de Derecho, sobre todo en el lenguaje. Y la costumbre que nos puede a todos es la de la pereza, la de no poner el punto al final del mensaje del móvil, la de olvidarnos de las comas después de los vocativos, la de saltarnos el signo de interrogación de apertura. Hasta aquí, todo es más o menos obvio. Lo nuevo es que un profesor de la Universidad de Columbia, John McWhorter, ha dicho que claro que van a desaparecer las comas y que tampoco pasará nada el día que eso ocurra, que los idiomas pueden funcionar perfectamente bien sin guardias de tráfico.

«Posible, sí es posible. De hecho, en los textos latinos clásicos no había signos de puntuación, ni acentuación gráfica ni siquiera un sistema de reglas para diferenciar mayúsculas y minúsculas», explica Salvador Gutiérrez, académico de la RAE y director de la Escuela de Gramática Emilio Alarcos Llorach la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. «Sin embargo, la aparición de estos sistemas representó un innegable avance en la escritura. Eliminarlos, representaría un evidente retroceso».

¿No están las comas desde siempre? «No, no las ha habido siempre. Los primeros intentos de puntuar los textos son de Aristófanes, que ponía marcas en sus textos. En la Edad Media hubo más tentativas. Los escribanos empleaban un punto en lo alto para marcar el final de un periodo, un punto en medio para separar unidades gramaticales menores y un punto bajo, que ya llamaban coma, para separaciones más pequeñas». El que habla ahora es Leonardo Gómez Torrego, filólogo del CSIC y miembro del Consejo Asesor de la Fundación del Español Urgente, Fundéu-BBVA.

«Esas tentativas de puntuación estaban en función de las pausas en la pronunciación, y claro, las pausas son muy libres, cada uno las hace como quiere», continúa Gómez Torrego. «Con la imprenta, los intentos se hacen más serios», prosigue. «Nebrija, por ejemplo, estuvo en esa tarea, aunque era demasiado ortodoxo, estaba muy pegado a la tradición clásica, y fue muy tímido».

«En realidad, toda la puntuación fue muy tentativa hasta que apareció la Real Academia Española. En el siglo XVII ya había comas, puntos y puntos y comas», explica Gómez Torrego.

«A partir de ahí, el trabajo se fue perfilando poco a poco, la puntuación dejó de estar en función de la entonación y tomó la función de desambiguar: evitar que hubiera ambigüedades semánticas en los textos, primero; separar los elementos sintácticos, después...».

Y ahora que ya estamos presentados, ¿es verdad que la puntuación es una zona gris del idioma, de los idiomas? Se podría pensar que, ya que lo normal es puntuar mal, ¿no será que la norma es demasiado severa? Volvemos a lo de la costumbre como fuente de Derecho. «El sistema [de puntuación] no llegó a estabilizarse más que a lo largo de los siglos XVIII y XIX, a través de formulaciones de la Real Academia Española que, a su vez, seguían el criterio de los buenos autores», explica en un correo electrónico Pablo Jauralde, catedrático de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Madrid. La estabilidad histórica en la lengua no existe nunca, por tanto esa relativa estabilidad [del sistema de puntuación] sufre de embates diferentes, que en estos momentos son muy fuertes. Al tiempo que cambiaba el sistema variaban las normas y la teoría». Y continúa: «En general se puntúa mal, muy mal, porque la enseñanza de este aspecto de la lengua no suele darse. En mi facultad y universidad puntúan rematadamente mal los decanos, los rectores, los profesores de lengua... Eso va en la desidia general hacia la educación y la cultura».

O sea, que sí, que hay viento fuerte. Pero: «En modo alguno hay que cambiar las reglas», añade Salvador Gutiérrez. «Las reglas de puntuación no son en sí mismas difíciles. Exigen más tiempo y se asimilan algo más tarde porque están muy ligadas a la comprensión de las estructuras sintácticas». Y Leonardo Gómez Torrego se apunta: «La puntuación cuesta porque lo bueno cuesta, pero las normas son necesarias. Hablamos de que es un signo de los tiempos, de que vivimos una época que requiere concisión. Pero es que la puntuación está para eso, para ser preciso. Yo he sido profesor y sé la diferencia que hay entre corregir un examen bien puntuado y uno mal puntuado». Y termina: «No creo que sea una batalla perdida; están las nuevas tecnologías, pero también somos muchos, muchas instituciones trabajando».

Otra cosa es que la labor normativa siempre vaya por detrás de los usos: «El sistema de puntuación nunca sirvió exclusivamente para la expresión oral», explica Jauralde, «sino para ordenar sintácticamente el lenguaje escrito, lo que a veces coincide (en los puntos, por ejemplo) con marcas del lenguaje oral y otras no. La coma no indica siempre una pausa (ni una sinalefa, ni un silencio, etcétera). Es uno de los errores en los que ahora va entrando la RAE y que, por cierto, no suele estar en las [normativas] del siglo XIX. De manera que para el lenguaje oral el sistema de puntos y comas es impertinente, como puede observar cualquiera cuando habla. Solo es pertinente cuando se realiza oralmente un escrito (cuando se lee) o cuando se proyecta por escrito algo que hablas (escribes)...». Y una coda a esta idea: «Efectivamente se viene produciendo (¡pero en el lenguaje escrito solo!) exceso de comas, sobre todo en nuestros clásicos (por ejemplo en los Quijotes que nos dan a leer ahora)».

La última normativa para el gallego, por ejemplo, da libertad para que los hablantes usen o no los signos de interrogación y de exclamación de apertura, viejo invento español. «La Academia recomienda su uso desde 1754, aunque, al parecer, no fue habitual hasta el siglo XIX. Responde a la entonación que hacemos en español cuando hacemos una pregunta, que empezamos a preguntar desde el principio de la frase, y eso es algo que no ocurre en otros idiomas... Hombre, yo también me salto alguna interrogación de entrada cuando escribo en el móvil. No me parece imposible que con el tiempo los signos de interrogación y de exclamación de apertura terminen desapareciendo».

Última pregunta: ¿es el español un idioma de puntuación puñetera? «El español tiene el sistema de puntuación más nítido, más claro y más moderno de todos los idiomas de nuestro entorno», explica Gómez Torrego. «El capítulo sobre puntuación de la última Ortografía de la RAE es espléndido. Pero la puntuación no es objetiva ni estricta. Hay margen para que cada uno escriba con una puntuación más abierta o más trabada».
Y más en esa línea: «El sistema de puntuación ni está cerrado ni es matemático. Un mismo texto extenso casi siempre se puede puntuar de varias maneras, pero no de todas ni de cualquier manera. […] Los modelos de mejor puntuación siguen estando en los buenos escritores, mejor que en normas y gramáticas», termina Jauralde.


LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES

En esta ocasión, el apartado al que hace referencia la siguiente reseña de Guelbenzu es el de los orígenes de la novela policíaca. En ella se habla del libro Cuentos de detectives victorianos. Varios autores. Selección y prólogo de Ana Useros. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. Alba Editorial. Barcelona, 2014. La reseña se publicó el 8 de marzo de 2014.

EL MISTERIO ES SIEMPRE EL MISTERIO

EL GÉNERO DETECTIVESCO nació y se consolidó en la Inglaterra victoriana, aunque hay que reconocer que mantiene algunas deudas con ciertos autores franceses como Emile Gaboriau o Gaston Leroux, y aunque reconozcamos igualmente que el primer ejemplo de detective deductivo se concibió en Norteamérica, de la mano e imaginación de Edgar Poe; lo cual tampoco es tan claro, como demuestra el primer relato de esta antología, La cámara secreta, de William Burton, que plantea por vez primera un asunto clásico: el problema de la habitación cerrada. Pero, en definitiva, lo importante de esta antología es el acierto con que nos introduce en el mundo y momento en que nace y se desarrolla el más famoso de los detectives del mundo: Sherlock Holmes.

La mayoría de los autores aquí recopilados han pasado a la historia tras cumplir con su momento de gloria; de hecho, solo sobreviven Dickens, Wilkie Collins, Conan Doyle y, en menor medida, M. P. Shiel. Esto hace doblemente interesante la antología porque despliega ante nosotros un material, si no perdido, sí olvidado. Y lo cierto es que leyendo estos cuentos vamos a encontrar interesantes historias que conforman el caldo de cultivo de un género que alcanzó su máxima sofisticación en la primera mitad del siglo XX.

Los detectives que pueblan estos relatos son hombres esforzados que persiguen delincuentes con más tenacidad que ingenio. Hay carreras, persecuciones, mamporros y bajos fondos o persecuciones rurales por doquier. Los mismos Dickens y Collins se dedican a presentarnos a los policías como un equipo de decididos defensores de la ley y el orden, de manera un tanto naif en el primero y con un excelente sentido del humor en el segundo. Pero lo cierto es que, en el conjunto de autores, lo que encontramos son los temas y tipos que harán del género una literatura de éxito y el paso de la aventura folletinesca al relato deductivo.

Por ejemplo, ¿quién iba a sospechar que ya en la época victoriana había mujeres detectives? Pues ahí están la Loveday Brooke del relato de C. L. Pirkis o la detective profesional Dorcas Dene, que dispone hasta de un redactor de sus aventuras, lo mismo que Holmes dispone de Watson. No es la única, también el Martin Hewitt de Arthur Morrison dispone de cronista y, en su caso, se trata de un detective deductivo a lo Holmes aunque más pegado a la realidad. Hay policías que cuentan sus casos, como sucede en los relatos de McLevy, aunque son simples porque Scotland Yard está recién creado y no importa tanto la sorpresa como la creación de un clima. El que firma Waters introduce por vez primera análisis de laboratorio y estudio de pistas; y tenemos ejercicios de desencriptamiento de un texto como en el caso de Forrester. Hay aventuras puras, como en el caso de ‘La misteriosa pierna humana’, donde la emoción procede de la necesidad de evitar que una carta llegue a su destino, muy a lo Collins, dentro de un chantaje. Hay autores como Grant Allen, de enorme cultura y decidido darwinista, que se revela como un autor sutil, ingenioso y bromista, y no faltan ni un secreto del pasado ni el detective diletante, deductivo, rico por su familia y opinante sobre todo lo divino y humano como el príncipe Zalesky de Shiel, que todo lo resuelve desde su chaisse longue. También disponemos de una escritora, caso todavía infrecuente en el género: Ellen Wade.

En resumen: un libro inexcusable para los amantes del género. Y para los que no lo son. Al fin y al cabo, el misterio es siempre el misterio.




LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES

El artículo que acabo de volcar, dedicado a Lovecraft, venía enlazado a este otro, que nos informa de novedades editoriales sobre literatura fantástica.

LOS FANTASMAS ACECHAN

La literatura fantástica es un arte de carencia y deseo: buscamos todo cuanto nos falta, todo aquello que la realidad no satisface y que, sin embargo, una vez hallado nos induce al temor a perderlo o al horror de haberlo encontrado. Esta cadencia entre falta y deseo es propia de cada individuo, pero también de cada época. Las historias de fantasmas nos atraen porque, en ellas, exploramos miedos humanos —a la muerte, al recuerdo—, pero también porque sugieren cuanto está ausente en la realidad colectiva. La nuestra es una época de economía inmaterial, en la que todo cuanto es sólido se disuelve en el aire. Nuestras casas y prendas ya no son nuestras —y acaso tampoco nuestras vidas—, ¿a quién pertenecen entonces?, ¿nos hemos convertido en fantasmas de casas y cuerpos que no nos pertenecen?

En El hombre que perseguía al tiempo, de Diane Setterfield, el capitalista vislumbra, alucinado, dos paisajes bajo la lluvia: en el primero, avista un titánico centro comercial donde solo hay una hondonada; en el segundo, el templo del consumo que él mismo erigió se derrumba como una cascada de cristal y mármol. Parecen contradecirse, pero ambos afirman lo mismo, que todo aquel afán de edificar y enriquecerse era solo un espejismo: la superficie tersa y brillante de una pompa rellena de aire. La nuestra, qué duda cabe, es una época de burbujas que estallan, pero también lo son nuestras vidas, que pasamos como niños persiguiendo pompas de jabón. Cuando por fin se desvanecen, buscamos dentro de ellas al fantasma de nuestros días.

Nada tiene de extraño que nos gusten los fantasmas, tanto los de nuestra era como aquellos que, en otros tiempos, ejecutaban ya esta eterna danza entre la carencia y el deseo. Comencemos, pues, con una de aquellas viejas historias que hoy nos siguen seduciendo: escondida entre pilas de legajos polvorientos, un anticuario encuentra una carta en latín, la angustiada confesión de un vicario, en la que advierte a los curiosos que se guarden de buscar el relicario de la rectoría de… Faltan datos, pero el aplicado erudito encontrará el lugar exacto, excavará la undécima tumba y, por supuesto, hallará el relicario. Desde ese instante, un vaho le acechará a cada paso, le perseguirá un olor a moho y, atisbará, desde su ventana, una figura harapienta que parecerá cada noche más cercana. M. R. James jamás escribió este relato, pero podría haberlo hecho, pues la mayoría de sus Cuentos de fantasmas (1904-1928) nos hablan de arqueólogos y estudiosos que encuentran documentos que sugieren espantos, demonios que habitan todavía los sitiales del coro o el vitral de la abadía, grabados por los que pululan espectros y tesoros custodiados por criaturas hediondas.

Siruela reedita sus Cuentos de fantasmas, una selección de algunas de sus mejores historias; sin embargo, si James regresara ahora como alma en pena, quizá se sorprendiera al descubrir que sus únicos escritos reeditados sean sus relatos terroríficos. Montague Rhodes James fue medievalista de prestigio, experto en apócrifos, catedrático en Cambridge, rector en Eton. Dedicó su vida a la historia, la arqueología y el estudio de los clásicos y, de cuando en cuando, pergeñaba cuentecillos como divertimento. James comenzó leyéndolos ante sus amigos de la Chitchat Society y pronto sus lecturas se convirtieron en un acontecimiento. Revisitados hoy, podemos imaginar a sus colegas y alumnos escuchándole y pasando de la sonrisa al escalofrío. Sus personajes resultan jocosos en su grisura y, sin duda, James gozaba ironizando sobre la cotidianidad de académicos y anticuarios; sin embargo, esa banalidad queda pronto impregnada por un hálito maligno, por un miasma del pasado que se va volviendo más intenso hasta adoptar, por un instante, una forma táctil e insoportable.
La muerte vela por los contornos de los objetos y prendas del pasado y, de algún modo, quienes los palpan e investigan acaban envueltos por ese mismo velo. Los cuentos de fantasmas nos plantean a un tiempo el enigma de la muerte y el enigma del pasado: ¿quiénes habitaron la casa?, ¿qué soñaban?, ¿qué queda de ellos? Preguntas que, en el fondo, no atañen sino a nuestra propia mortalidad y a la fugacidad de nuestro tránsito sobre la tierra. Esta angustia por la muerte late también en otro notable cuento victoriano, La casa y el cerebro (1859), de Edward Bulwer-Lytton, recientemente reeditado por Impedimenta. Regresamos a la morada embrujada por pasiones que siguen latiendo en las paredes, recuerdos de una tragedia desgajada del tiempo, repetida sin fin, reticente a abandonarnos.

En La casa y el cerebro, Bulwer-Lytton se despoja del ropaje gótico de Zanoni (1842) para ofrecer una historia más moderna, plagada de fenómenos sobrenaturales que ascienden hacia un clímax de alucinación y miedo, en el que entrevemos un éter por el que flotan larvas y entidades, como amebas vistas por el microscopio. Bulwer-Lytton parece dar un paso adelante, pues atribuye las apariciones a una voluntad tan poderosa como humana. En la segunda parte del relato, conoceremos al hombre capaz de detentar semejante poder sobre la materia y sobre la mente de sus semejantes. Sin embargo, es aquí donde el paso adelante de Bulwer-Lytton resulta ser un paso en falso, pues si bien niega la existencia de fantasmas, nos devuelve la angustia por la mortalidad, el anhelo de la vida eterna, el deseo de permanecer, para siempre, en el mundo de los vivos.

Dicha angustia, dicho anhelo, explica en parte el éxito del que gozan todavía los cuentos espectrales. Quizá por ello, a los editores ingleses de El hombre que perseguía al tiempo (2013) no les tembló el pulso al venderla como ghost story, una ávida engañifa que, no obstante, lo es solo en parte. Es un embuste porque no hay en ella espectros o aparecidos —y, de hecho, la edición castellana de Lumen prescinde de este subterfugio—, pero tiene algo de cierto en la medida en que retrata a un personaje convertido, en vida y por su propia mano, en un fantasma.

El hombre que perseguía al tiempo carece de la riqueza literaria y bibliófila del anterior libro de Diane Setterfield, El cuento número trece; pero comparte con él un rasgo de interés, pues en ambos casos sus protagonistas reniegan de la vida y se enclaustran en torres de libros o montañas de números, en relatos o cálculos que suplantan la vida. William Bellman —protagonista de la obra— es un industrioso súbdito inglés que levanta empresas y amasa fortunas, mejora la producción, moderniza fábricas, abre mercados y, a la postre, resulta incapaz para la vida. Durante la primera parte de la novela, la amabilidad con la que Setterfield evoca la juventud de William resulta irritante, pues la autora olvida su condición de explotador e idealiza su relación con los obreros; sin embargo, en la segunda parte comprendemos que era la melancolía quien doraba la luz de aquellos días.

Tras una serie de tragedias, Bellman decide erigir un emporio de pompas fúnebres en Londres, pero los difuntos no son tanto sus clientes como él mismo: será él quien acabe enterrado dentro de un gigantesco mausoleo, el centro comercial de artículos luctuosos que dirige y gobierna mientras se va consumiendo. Karl Marx sugirió que el capitalismo es materia muerta que vampiriza músculo y latido, jornadas que acortan nuestro aliento por un sueldo, el tiempo de la vida convertido en tiempo de muerte a cambio de dinero. Aunque de manera inconsciente, Diane Setterfield ilustra esta premisa y la novela, que avanza con la solemnidad y el boato de un regio funeral victoriano, acaba no siendo nada más que el epitafio de un hombre insignificante. La vida del fantasma William Bellman queda narrada y, sin embargo, quedan por contar todas aquellas otras de las costureras, dependientas y contables a los que Bellman vació también de vida.

Una bandada de grajos sobrevuela El hombre que perseguía al tiempo. Los grajos son presagios de muerte, omina mortis que un augur habría escuchado para, después, menear la cabeza y anunciarnos que no hay esperanza. Pero los grajos vuelan también en nubes de algarabía, proclamando que, por funesto que sea el presagio, la vida sucede mientras tanto y que, por más que efímera, la vida que vuela es también un espectáculo. Quizá era esta la lección que debieron aprender los personajes de James —anhelantes de objetos polvorientos, incunables y basura de otros tiempos, afanados en leer cronicones medievales para escribir mamotretos académicos y legarlos al porvenir—, que la vida, entretanto, estaba en otra parte, acaso en momentos tan mundanos como los almuerzos, las charlas y los paseos.

También Robertson Davies conocía bien la vanidad y la trivialidad de la vida académica, pues no en vano fue decano de Massey College desde 1963. Ese mismo año comenzó a escribir anualmente un relato de fantasmas para las celebraciones navideñas. En 1982, ya retirado, las recopiló bajo el título Espíritu festivo, recientemente publicado por Libros del Asteroide. Las lecturas de Davies debieron divertir tanto a su público como a aquellas de M. R. James, pero no estremecerían ni a un ratón, pues su reino es el de la parodia y la farsa. En parte, la culpa la tiene Massey College, un edificio recién estrenado, flagrantemente nuevo —nada que ver, por tanto, con la vetusta mampostería gótica que arropa a los fantasmas británicos—; pero el principal responsable de esta indecorosa falta de pavor la tiene el propio Davies.

Tras convertirse a sí mismo en personaje de sus cuentos, Davies se pasea junto a las ánimas ilustres de la reina Victoria, santa Lucía, lord Fauntleroy, Satanás, Frank Einstein o incluso Henrik Ibsen, que se asoma por allí para fruncir el entrecejo. Como todos los fantasmas, los de Davies algo quieren —leer su tesis, comer hasta reventar, ser reconocidos por la crítica o volver a casa por Navidad— y el autor los acoge amablemente, aun a sabiendas de que habrán de traerle quebraderos de cabeza. “Los fantasmas son unos ególatras desmesurados: la fuerza viva de la egolatría que se niega a aceptar la realidad de la muerte”, escribe Davies, y acaso sea esta vanidad la que les otorga su inusitada vivacidad de ultratumba, esa pasión por bagatelas y fruslerías que da sazón a cada uno de nuestros días; pues también nosotros somos fantasmas embargados por deseos elevados, que intentamos satisfacer mientras la vida —como una pompa— se nos escapa entre las manos.

El hombre que perseguía al tiempo. Diane Setterfield. Traducción de Rubén Martín Giráldez. Lumen. Barcelona, 2013. 336 páginas. 20,90 euros.
Cuentos de fantasmas. M. R. James. Varios traductores. Siruela. Madrid, 2014. 344 páginas. 19,95 euros.
La casa y el cerebro. Edward Bulwer-Lytton. Traducción de Arturo Agüero Herranz. Impedimenta. Madrid, 2013. 108 páginas. 14,95 euros.