miércoles, 17 de septiembre de 2014

2º DE BACHILLERATO: MIGUEL DELIBES

Aunque ya existen algunas entradas sobre este autor, añado más, que pueden resultar de interés.

Monográfico de El País

Monográfico de RTVE

Fundación Miguel Delibes

Y unos interesantes apuntes del prof. Julio Concepción Suárez (http://www.xuliocs.com/), un buen punto desde donde empezar.

Miguel Delibes y la novela de su tiempo.

Claves para leer a Miguel Delibes. (Extraído de aquí)

La novela social de los años 40-50

La novela social de los 50








2º BACHILLERATO: LA ORACIÓN SIMPLE

En el blog aparecen unos cuantos apuntes y enlaces sobre los elementos que constituyen la oración simple. Os ofrezco ahora unas cuantas oraciones para analizar.

Oraciones simples

Oraciones simples (II)


2º BACHILLERATO: Temario de Lengua Castellana y Literatura

Empezamos un nuevo año, pero a pesar de que la mayor parte del material es el mismo de años anteriores, os vuelco por si acaso el temario, una vez más.


Temario



martes, 17 de junio de 2014

LITERATURA UNIVERSAL: LA TRADUCCIÓN

Os ofrezco un artículo publicado el 17 de junio en El Mundo:


Intraducible:

Adj. Del lat. ‘traducere’, ‘pasar de un lado a otro’. Que no se puede traducir. O sí, sí se puede traducir, pero nunca se entenderá del todo bien el matiz, la connotación, ese nosequé que hace, por ejemplo, que la palabra española vergüenza esté en algún lugar intermedio entre shame y modesty y, a la vez, signifique mucho más. Véase también: Diccionario deintraducibles, con versiones en inglés y francés. Uno de sus impulsores, Jacques Lezra, es madrileño, medio sefardí, medio estadounidense, y profesor de la NYU. Un intraducible andante, dice él mismo.

¿Quién no ha pensado con angustia en los estudiantes de español que llegan desde el inglés, el francés o el alemán y descubren que sus to be, être y sein se desdoblan en una cosa que se llama ser y otra cosa que se llama estar, que no significan nada en concreto pero que tienen bien delimitadas sus jurisdicciones? Puede ser aún peor, porque en portugués hay un tercer verbo copulativo, ficar, que está más cerca de estar que de ser. ¿Y qué significa esto de tener un ser y un estar? ¿Nos cambia en algo la vida, la manera de ordenar nuestras ideas?

Los interesados pueden buscar la respuesta en el Vocabulaire européen des philosophies: Dictionnaire des intraduisibles, un proyecto que arrancó en Francia en 2004 bajo la dirección de Barbara Cassin y que esta primavera ha aparecido en una nueva versión en inglés con el título de Dictionary of untranslatables. 400 entradas, 12 idiomas, 150 colaboradores, más de una década de trabajo… Que nadie espere una simple relación de modismos fotogénicos: Zeitgeist, saudade y ese tipo de palabras. No: cada intraducible da pie a un ensayo entre la Lingüística y la Filosofía sobre el origen de la palabra y las connotaciones que las separan de sus traducciones. El caso, por ejemplo, de la española vergüenza que está a mitad de camino entre shame y modesty pero que no es exactamente ninguna de las dos.

El coordinador de la edición inglesa se llama Jacques Lezra, nació y creció en Madrid y es profesor de Literatura Comparada de la NYU. «En casa hablábamos inglés –mi madre es norteamericana–, y en el colegio y en la calle, castellano. Los veranos los pasábamos en Tánger, donde vivían mis abuelos paternos. Soy, por ese lado, de familia sefardita. Tánger es, y era de forma algo distinta en esos años, un entorno riquísimo: un hervidero de idiomas, religiones, ideologías, prácticas sexuales, historias… En casa de mis abuelos se hablaba castellano, árabe, algo de ladino, inglés, la jaquetía (el idioma de la comunidad judía de Marruecos, una forma dialectal del ladino) y, sobre todo, el francés. Era el mundo de Ángel Vázquez, el de La vida perra de Juanita Narboni. Pues esa especie de bullir de lenguas, de experiencia babélica, de que todo se podía decir de más de una forma, en más de un idioma, con fines y con consecuencias distintas, ese estar-en-muchas-lenguas es lo que más me ha marcado. Es lo que escogería, ese errar de lengua en lengua, como si yo también fuera una palabra un poco intraducible».

Ya tenemos sujeto. Ahora, vamos al predicado. Las grandes preguntas que surgen del Diccionario de intraducibles son las de siempre: ¿condiciona un idioma la manera de vivir de sus hablantes? El vocabulario, la sintaxis… ¿Hay una reflejo entre las estructuras laxas del inglés y la tradición liberal-positivista, por poner un ejemplo? O la sonoridad: vivir en un idioma melodioso como el italiano, ¿convierte a sus hablantes en gente alegre y teatral?

En resumen, no: «Esa idea tiene que ver con un nombre, [el del antropólogo] Franz Boas, y, dentro de la filosofia del lenguaje, con la llamada hipótesis Whorf-Sapir. Controvertidísimos las dos. Vamos a exagerar un poco y llevar al absurdo el argumento: El idioma-mundo del alemán nos ofrece la posibilidad de diferir la acción, de postergar el verbo, hasta el final de la frase. Eso debería implicar toda una forma de ver el mundo, un concepto del tiempo propio, un pensamiento y una experiencia de la posible extensión del momento, del valor añadido de la descripción y del adjetivo, que son aspectos de la frase que nos mantienen, trémulos, en el instante o en el sustantivo, sin acceder a la acción. Ésta, la acción, llegará, como para aclarar las cosas, en el último momento. En resumen, el alemán sería el idioma del apocalipsis, y las instituciones alemanas, infinitamente dilatadas, facilitarían el infinito demorar de la decisión. En cambio, el latín permite una enorme flexibilidad en cuanto a la posición en la frase de tal o cual vocablo; le correspondería, suponemos, una mayor flexibilidad social que al árabe o al hebreo».

Y continúa: «En castellano decimos: ‘Se me cayó el vaso’, y en inglés, ‘I dropped the glass’. De la expresión castellana se podría concluir que el hispanoparlante tiene poco sentido de la responsabilidad por la expresión impersonal-reflexiva. Diríamos que, o bien el idioma le lleva a una posición de irresponsabilidad, o bien refleja, en la sintaxis, esa misma disposición anímica. El inglés, en cambio, parecería ofrecernos un sujeto que asume sus acciones, para el cual no caben ambigüedades, y cuyo idioma-mundo ofrecería instituciones ordenadas, y jerárquicamente transparentes. El hispanoparlante, armado de sus dos verbos existenciales, ser y estar, existe en el mundo (temporal, físicamente) de forma distinta al angloparlante o al germano, que no gozan más que de una: ‘He is stupid’ o ‘he is silly’ pueden ser ‘está tonto’ o ‘es tonto’, y el hispanoparlante consigue así una distinción que los que hablan otros idiomas no podrán entender…».

Pero no: «Descreo de este esquema, tanto del esquema filosófico, limitado y contradictorio, como del antropológico, que me parece en el fondo racista. No existen, que yo sepa, diferencias psíquicas, institucionales, culturales, sociales o raciales, que se puedan atribuir a variaciones lingüísticas de este nivel. Pongamos la frase de Rousseau, «L’homme est né libre, et partout il est dans les fers», donde el verbo copulativo être, usado por Rousseau dos veces en paralelo, nos lleva en castellano primero hacia el ser (‘El hombre es libre cuando nace, el hombre nace libre…’), y después hacia el estar (‘…el hombre está, se encuentra, encadenado’). La diferencia no es ninguna tontería pero no expresará, jamás, una condición ontológica, existencial, caracterológica, que distingue a priori al hispanoparlante del francófono: un español nace tan libre como un francés, o nace prisionero, o consigue librarse antes que aquél de los hierros que lo encadenan, pero por razones circunstanciales, no lingüísticas. Para mí –y creo, para el grupo de Cassin en general– el relativismo lingüístico (la idea que el idioma condiciona la manera de ver el mundo, y que por consiguiente lo que experimenta, digamos, el transeúnte griego, es un mundo distinto del que experimenta un marroquí), que puede parecer casi una evidencia, nace en realidad o bien de presupuestos ideológicos que lo hacen insostenible, o de una incoherencia, o de los dos. Y se debe abandonar».

¿Y hay alguna explicación de por qué unos idiomas se hacen más complejos que otros? «Habría mucho que decir al respecto, empezando por un cuestionamiento del concepto de la relativa complejidad de los idiomas. Nos acecha la tautología. Los idiomas son instrumentos: sirven para lo que sirven. No hay un idioma que sea más o menos filosófico, o complejo, o abstracto, que otro. Es indiscutible, no quisiera negarlo, que hay idiomas con más palabras que otros, e idiomas con una sintaxis que puede parecer mucho más flexible o más rígida o menos sistemática. Lo preocupante de la escala de relativa complejidad es que es impensable fuera del patrón ideológico que heredamos de la ilustración europea, en el que prima la complejidad, asociada con ciertas tradiciones y con ciertas preguntas, y con determinados idiomas—los idiomas clásicos, el alemán, el francés… y muy poquitos más: hasta el inglés, idioma de mercaderes, no da la talla. Lo que muestra el Diccionario es que no hay idioma intrínsecamente más o menos filosófico que otro, y que empezamos a filosofar en el momento en que tomamos conciencia de este hecho, y abordamos sus consecuencias».

Última pregunta: ¿no es un poco desalentador ver todas estas precisiones intraducibles y pretender llevar un texto poético o filosófico de un idioma a otro? «He sido traductor y, con este proyecto, me he convertido en editor y un poco en superego de traductores. Y la sensación no es de desánimo, sino casi lo contrario. En el momento en que abandonamos el mito de la perfecta traducibilidad del idioma –se dice fácil, pero no lo es, ni por asomo– podemos acogernos a la complejidad de connotaciones y aprovechar de ella para crear traducciones útiles, bellas, efectivas, interesantes, controvertidas, polemizantes, adecuadas al momento histórico… Es decir, que la casi infinita complejidad de las connotaciones y hasta de las denotaciones, de los conceptos, que a veces manejamos sin pensarlo demasiado, llega a ser fuente de placeres, de usos y de sentidos insospechados. Este diccionario es una especie de caja mágica donde, buscando un poco, topamos con lo lingüísticamente inesperado e incontrolable».

Luis Alemany Madrid.


lunes, 2 de junio de 2014

LITERATURA UNIVERSAL: AMÉLIE NOTHOMB

Aunque mañana empiezan las pruebas PAU, todavía estáis a tiempo de echarle una ojeada a este artículo aparecido en el periódico El Mundo  de hoy (lunes dos de junio de 2014), que habla de escritoras suicidas.



Las poetas suicidas. Las novias de la muerte


Pizarnik, Plath, Parra, Sexton, Storni... Un libro de Luzmaría Jiménez Faro entra en el desasosiego y el misterio que causa la larga lista de mujeres escritoras que acabaron con su vida.

LUIS ANTONIO DE VILLENA 

La lista es larga. La calidad (incluso en las menos conocidas) generalmente alta. Suele decirse que los poetas y las poetas o poetisas -ahora gusta menos este nombre, por los excesos románticos- son seres extremadamente sensibles, por eso captan o sienten lo que otros no perciben, y entonces acaso ellas lo sean más. Es la frase esencial, que escribió en una carta, una de las grandes poetas rusas del siglo, Marina Tsviétaieva (1892-1941): "Hay algo que no supe hacer: vivir". Dotada de una calidad especial en la lengua, amiga y admiradora de Rilke, acogió la revolución bolchevique como una esperanza (le ocurrió a muchos) pero no tardó en ver el error, y así asomar las guadañas del totalitarismo. Entonces se exilió. Claro que, en las calamidades de la guerra civil entre rojos y blancos vio morir a su hija menor de inanición. Era en 1922, entonces se marchó de Rusia; pero aunque pudo escribir y era libre, la vida fue siempre cuesta arriba. Además decían que su estilo (muy propio) era difícil. Su marido, Serguéi Efrón decide volver. Ella al fin, sin entusiasmo, pero acaso también porque veía ensombrecerse el cielo de Francia u oía las voces de Hitler, retorna a Moscú en 1939. Su padre es el fundador del Museo Pushkin, pero la retornada no tiene dónde escribir. Su amigo Boris Pasternak trata de ayudarla, pero Pasternak -mal visto por el oficialismo- puede poco. Para colmo, Marina se entera de que Efrón, su marido, había sido detenido y luego ajusticiado, con un tiro en la nuca. Ella y su hija Irina pasan frío y hambre. Irina será trasladada a un orfanato donde morirá (también) de hambre. En cuanto a la pobre e indefensa Marina, cuando comienza lo que Stalin llamó "la Gran Guerra Patria", la mandan, en teoría evacuada, a un remoto pueblo de Tartaristán, Yelábuga, donde presa de una total desesperación y miseria, Marina Tsvietáieva pone fin a su vida, con 48 años, colgada de una viga. Una de las grandes poetas del siglo. Su obra se salvó, porque su única hija viva, Ariadna Efrón, la preservó. Era el 31 de agosto de 1941. La autora de 'Álbum de la tarde' o 'Después de Rusia', entre tantos libros singulares, deja claro que no habló en vano: no supo vivir. Pero la vida tampoco se lo puso fácil.

Sin duda las circunstancias ayudan al suicidio (siempre lo hacen) pero el germen de esa pasión de muerte, de ese "dios salvaje" que diría el británico Al Álvarez, dios destructor que no desconoce noches de loca alegría, tenía que andar por medio y que vivir en su psique. Si no, probablemente, no hubiese regresado a la Rusia de Stalin, pues algo sabía de lo que ocurría allí. Pero los poetas son idealistas, dicen.

No, el suicida (o la suicida, máxime poeta) no tiene por qué ser siempre un hombre o mujer permanentemente abatida. Conoce muchos momentos de lucidez y gozo, pero hay siempre un fondo profundo de desacuerdo con el vivir. Es como si en el pacto, la vida, la señora Vida, no cumpliera nunca o no del todo con su parte.

La cantautora chilena Violeta Parra (1917-1967) -hermana de Nicanor, el de los 'Antipoemas'- escribió su hermosa y muy conocida canción 'Gracias a la vida', muy poco antes de suicidarse, pegándose un tiro en la sien. Era en el barrio de La Reina, en Santiago. Se había enamorado (y fue correspondida unos cuantos años) por un joven suizo, Gilbert Favré, 18 años menor que ella, que concluyó por abandonarla. Pero ciertamente no es la única mujer a quien no le sale el amor. Tiene que haber algo más.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.../y en el ancho cielo su fondo estrellado/ y en las multitudes el hombre que amo...

Basta fijarse un poco para observar que todas las estrofas, espléndidas y sencillas, de 'Gracias a la vida', aluden al amado (ausente): 'Cuando miro el fondo de tus ojos claros'. Violeta tenía 49 años el 5 de febrero de 1967. Convertida casi en un mito nacional, a su sepelio acudieron más de 10.000 personas, y la fama apenas comenzaba. Nicanor Parra la llama "vendimiadora ardiente de ojos negros". Y Pablo Neruda, "santa de greda pura". ¿Por qué no pudo Violeta, tan comprometida con la gente, aguantar ese malamor que otras y otros sí aguantan?

Las suicidas no tienen por qué ser personas especialmente abatidas ni ajenas a la alegría. Su razón de no ser es, más bien, un desacuerdo esencial con la vida.

La argentina Alfonsina Storni (1892-1938) pudiera ser otro caso similar. Nacida en la Suiza italiana, de unos padres que ya habían estado allá, Alfonsina llega de muy niña a Buenos Aires, que será su ciudad, su mundo y su patria. Mujer muy moderna en cuanto a la defensa de los derechos femeninos, en poesía empieza bajo la influencia del gran Rubén Darío. Pero sus poemas son ágiles y sonoros y hablan de amor y desamor. Alfonsina deviene así una poeta bastante popular en libros como 'Irremediablemente' de 1919. Tiene un hijo, Alejandro, al que cuidará, porque es suyo. No importa el padre.

Se dice que Alfonsina (que vivió como maestra y periodista) era una mujer muy apasionada, una mujer a la que verdaderamente le atraían los hombres y que por tanto tuvo muchos, pero el amor se le escapaba o duraba poco. O más frecuentemente -ya el machismo- los hombres no tenían estima profunda por las mujeres, por eso habla del "hombre pequeñito" en alguno de sus poemas, el hombre que no está a la altura, que no da la talla moral. Estuvo en Madrid, con gran éxito, en 1930. Era una alta escritora, pero nunca la abandonó el desasosiego y un extraño impulso tánatico: "Me es lo mismo la Muerte que la Vida". "La muerte debe ser la salvación". Es posible que versos como esos (muy abundantes en su obra) procedan de la pena por los desengaños amorosos, pero ¿nada más? ¿No sería demasiado sencillo? En octubre de 1938, sola, Alfonsina toma el tren que une Buenos Aires con Mar del Plata, la ciudad vacacional a orillas del Atlántico. Pasa allí unos días; el 22, envía al diario 'La Nación' su último poema 'Voy a dormir'. El 25 por la noche sale de la pensión, envuelta en un gran manto, y dice que va a pasear a la orilla. Se arrojará al mar esa madrugada, como cuenta una de las leyendas que hizo la griega Safo, vanamente enamorada de Faón. Años atrás (en 1934) le habían detectado un cáncer de pecho. Pero aseguran que estaba estabilizado.

Obviamente quien quiere encontrar datos externos para el suicidio (enfermedad, desamor, Freud les diría "rastros diurnos", como los de los sueños) puede hallarlos, pero con ellos sólo muy parcialmente explicará toda la pulsión de muerte que atraviesa la nada desdeñable obra lírica de Storni: 'La muerte no ha nacido, está dormida/ en una playa rosa'. De modo diferente a Violeta Parra, también Alfonsina ha devenido un mito del feminismo y de la desesperación íntima, en parte gracias a la célebre canción de Ariel Ramírez, 'Alfonsina y el mar', mundialmente famosa, y que cantó con singularidad Mercedes Sosa: 'Y te vas, hacia allá como en sueños,/ dormida, Alfonsina, vestida de mar'.

También en apariencia será el abandono y el amor no correspondido, lo que llevó al suicidio a otra poeta ilustre del siglo, la norteamericana Sylvia Plath (1932-1963). Son conocidos los problemas psíquicos de dependencia de Sylvia con su padre, profesor y emigrante alemán. Es conocida su fuerte depresión reflejada en la novela 'La campana de cristal', publicada el mismo año de su muerte, pero sobre todo su matrimonio (y consiguiente vida en Inglaterra) con el poeta Ted Hughes, a la larga uno de los grandes poetas británicos de la centuria, probablemente muy superior a Sylvia, pero que cargó durante su vida con haber roto el matrimonio y haber dejado a su ex mujer con los hijos, dos niños pequeños, en un triste apartamento de Londres. Una noche de pleno invierno (11 de febrero) desesperada y tras haber llamado en vano al psiquiatra, Sylvia deja preparado el desayuno para los niños, y mete la cabeza en el horno con el gas abierto... En uno de sus textos escribe: "Morir es un arte y yo lo hago excepcionalmente bien". El suicidio de Plath ha resultado uno de los más llamativos del siglo: su amiga la poeta Anne Sexton también se suicidó (1974), y no le perdonó haber tomado la delantera. Otro amigo, el crítico Al Álvarez, en principio para tratar de explicarse el suicidio de Sylvia, escribió el libro 'El dios salvaje'. Y casi al final de su vida, el ex marido Ted Hughes publicó un gran libro de poemas sobre su relación y la intimidad de Sylvia, 'Cartas de cumpleaños' (1998) que fue un 'best seller' en el ámbito anglosajón. De nuevo los motivos externos son obvios, pero la íntima voluntad del daño de vivir, del daño recibido con la vida, es mucho más radical y fuerte.

Anne Sexton, bipolar, adictiva, tóxica y seductora, nunca perdonó a su amiga Sylvia Plath que la adelantara a la hora de suicidarse

Ese daño íntimo que puede causar la vida o las relaciones cercanas en la infancia, se ve asimismo en otra de estas grandes poetisas suicidas, la argentina -de origen ruso- Alejandra Pizarnik (1936- 1972). Inteligente, culta, reflexiva, ultrasensible, Alejandra escribía con una letrita diminuta. Es una gran poeta de la inteligencia y el dolor, como en Extracción de la piedra de la locura (1968). Escribe en un diario íntimo: "Tengo miedo. Todo en mí se desmorona. No quiero luchar. No tengo contra quién luchar". Pasa por psiquiátricos y sale, viaja a París, regresa a Buenos Aires. Sus poemas casi duelen. Por ejemplo, 'Balada de la piedra que llora': 'La muerte/ pero la vida/ pero nada nada nada'.

Aunque dicen que era lesbiana (o por ello) la muerte fue su gran amante. Incapaz de resistirse más, la noche del 24 de septiembre se tomó una fuerte sobredosis de barbitúricos. Tenía puesto como música el 'Adagio' de Albinoni.

La muerte como gran seductora. La lista de estas damas turbadas por ese daño cruzado de seducción final es larga y sólo en el siglo XX. La portuguesa Florbela Espanca (una notable post modernista cuyo hermano era aviador) se suicidó en 1933 con una sobredosis de veronal. Tenía 36 años. La italiana Antonia Pozzi (conocida literariamente post mortem, una gran poeta) usó también barbitúricos para morir en 1938 con 26 años. Llamativo es el caso de una rara española (enamorada no correspondida de JRJ) que se suicidó de un disparo en la cabeza en 1932 con 24 años. Se llamaba Margarita Gil Roësset. Otra gran poeta italiana, contemporánea, Amelia Rosselli se suicidó arrojándose desde la ventana de la cocina de un quinto piso en 1996 con 66 años... No terminamos: Delmira Agustini, uruguaya, María Mercedes Carranza, colombiana, Inge Müller, alemana, Julia de Burgos, puertorriqueña... La muerte propia, levantar la mano contra uno mismo (que decía Jean Améry) ha sido un tema vetado, raro, psicótico. Un libro de Luzmaría Jiménez Faro, 'Poetisas suicidas' -trata sólo de algunas de habla española- me ha recordado el tema turbador. También hay muchos hombres, cierto, pero dicen que el afán de muerte, el impulso tanático, en las mujeres es menor. ¿Son las enamoradas poetas, entonces, excepción? Claro que no todos los suicidios significan ni buscan lo mismo. Salvo morir, muy evidentemente.


Extraído de (pincha la imagen):
http://www.elmundo.es/cultura/2014/06/02/538b7ae8ca4741e3788b4577.html
Silvia Plath y su hija Frieda.

miércoles, 28 de mayo de 2014

LITERATURA UNIVERSAL: AMÉLIE NOTHOMB

Como hemos comentado en clase, el tema de la mujer y la literatura ofrece múlitples facetas, y os ofrezco dos textos que desarrollan los temas de la mujer ideal y del lesbianismo, respectivamente.



Triángulo Isósceles

 Mario Benedetti

El abogado Arsenio Portales y la ex actriz Fanny Araluce llevaban doce apacibles años de casados. Desde el comienzo, él le había exigido a Fanny que dejara la escena. Al parecer, no era tan liberal como para tolerar que noche a noche su linda mujer fuera abrazada y besada por otros.

A ella le había costado mucho aceptar esa exigencia, que le parecía absurda, machista y carente de un mínimo de sentido profesional. "Por otra parte", había agregado él como justificación a posteriori, "no creo que tengas las imprescindibles condiciones para triunfar en teatro. Sos demasiado transparente. En cada uno de tus personajes siempre estás vos, precisamente allí donde debería estar el personaje. Demasiado transparente. El verdadero actor debe ser opaco como ser humano; sólo así podrá ser otro, convertirse en otro. Por más que te vistas de Ofelia, Electra o Mariana Pineda, siempre serás Fanny Araluce. No niego que tengas un temperamento artístico, pero deberías encauzarlo más bien hacia la pintura o las letras. Es decir, hacia la práctica de un arte en el que la transparencia constituya una virtud y no un defecto."

Fanny lo dejaba exponer su teoría, pero en realidad él nunca la había convencido. Él no lo entendía ni lo valoraba así. Sin embargo, en la vida cotidiana, privada, Fanny era ordenada, sobria, casi una perfecta ama de casa.

Probablemente demasiado perfecta para el doctor Portales. En los últimos dos años, el abogado había mantenido otra relación, tan clandestina como estable, con una mujer apasionada, carnal, contradictoria, y, por si todo eso fuera poco, particularmente atractiva.

Como lugar adecuado para esos encuentros, Portales alquiló un apartamento a sólo ocho cuadras de su casa. Había sido minucioso en la organización de su cándido pretexto; por borrosos motivos profesionales debía viajar semanalmente a Buenos Aires. Como sólo estaba ausente las noches de los martes, le recomendaba a Fanny que no le telefoneara, pero, por si las moscas, le había dado el teléfono de un colega porteño, que tenía instrucciones precisas: "¿Arsenio? Fue a una reunión que creo se va a prolongar hasta muy tarde." Fanny nunca llamó.

Ella, que conocía como nadie las necesidades y manías de su marido, se encargaba de aprontarle el pequeño maletín y le llamaba el taxi. Portales se bajaba ocho cuadras más allá, subía al apartamento clandestino, se ponía cómodo, aprontaba los tragos, encendía el televisor; a la espera de Raquel, que, como también era casada, debía aguardar a que su marido emprendiera su inspección semanal a la estancia. En realidad, si se veían los martes había sido por complacer a Raquel, pues ése era el día que el hacendado había elegido para atender sus campos. "Y para dejarnos el campo libre", bromeaba Arsenio.

Cuando por fin llegaba Raquel, cenaban en casa, ya que no podían arriesgarse a que los vieran juntos en un cine o en un restaurante. Luego hacían el amor de una manera traviesa, juvenil, alegre, casi como si fueran dos adolescentes. Cada martes Portales se sentía revivir. Cada miércoles le costaba un poco regresar a las buenas costumbres del hogar lícito, genuino, sistemático.

Para la vuelta, no sabía bien por qué, exageraba las precauciones. Llamaba un taxi, hacía que lo dejara en el aeropuerto de Carrasco; después de un rato, tomaba otro taxi para regresar a su casa. Dentro de esa rutina, Fanny cumplía con interesarse en cómo le había ido, y entonces él inventaba con esmero los pormenores de las aburridas sesiones de trabajo con sus clientes bonaerenses, dejando siempre constancia, eso sí, de lo bueno que era estar de vuelta en casa.

Llegó por fin el martes en que se cumplían dos años de la furtiva y estimulante relación con Raquel, y Portales consiguió un collar de pequeños mosaicos florentinos. Se lo había hecho traer desde Italia por un cliente, éste sí verdadero, que le debía algunos favores. Instalado en su lindo y confortable bulín, Portales puso el champán en la heladera, aprontó las copas, se acomodó en la mecedora, y se puso a esperar, más impaciente que otras veces, a Raquel.

Ésta llegó más tarde que de costumbre. Su demora estaba justificada, ya que también ella, en vista del aniversario subrepticio, había ido a comprar su regalito: una corbata de seda, con franjas azules sobre fondo gris. Fue entonces que Arsenio Portales le dio el estuche con el collar. A ella le encantó. "Voy un momento al baño, así veo cómo me queda", dijo, y como anticipo de otros atributos, lo besó con ternura y calidez. Como era natural, él consideró ese beso como un presagio de una noche gloriosa.

Sin embargo, Raquel demoraba en el baño y él empezó a inquietarse. Se levantó, se arrimó a la puerta cerrada y preguntó: "¿Qué tal? ¿Te sentís bien?" "Estupendamente bien", dijo ella. "Enseguida estoy contigo."

Ya sin preocupación, aunque igualmente ansioso por la expectativa, Portales volvió a sentarse en la mecedora. Cinco minutos después la puerta del baño se abría, mas, para sorpresa del hombre a la espera, no para dar paso a Raquel sino a Fanny Araluce, su mujer, que lucía el collar florentino.

Portales, estupefacto, sólo atinó a exclamar: "¿Fanny! ¿Qué hacés aquí?" "¿Aquí?", subrayó ella. "Pues, lo de todos los martes, querido. Venir a verte, acostarme contigo, quererte y ser querida." Y como Arsenio seguía con la boca abierta, Fanny agregó: "Arsenio, soy Fanny y también Raquel. En casa soy tu mujer, Fanny A. de Portales, pero aquí soy la actriz Fanny Araluce. O sea que en casa soy transparente y aquí soy opaca, ayudada por el maquillaje, las pelucas y un buen libreto, claro."

"Raquel", balbuceó Arsenio Portales.

"Sí: Raquel. ¿Te das cuenta? Me has traicionado conmigo misma. Ahora, tras dos años de vida doble, tenés que elegir. O te divorciás de mí, o te casás conmigo. No estoy dispuesta a seguir tolerando esta ambigüedad. Y algo más: después de este éxito dramático, después de dos años con esta obra en cartel, te anuncio solemnemente que vuelvo al teatro."

"Tu voz", murmuró Arsenio. "Algo extraño había en tu voz. Pero ni siquiera el color de tus ojos es el mismo."

"Claro que no. ¿Para qué existen las lentes de contacto verdes? Siempre te oí decir que te encandilaban las morochas de ojos verdes."

"Tu piel. Tu piel tampoco era la misma."

"Ah no, querido, lamento decepcionarte. Aquí y allá mi piel siempre ha sido la misma. Sólo tus manos eran otras. Tus manos me inventaban otra piel. Al fin de cuentas, ni yo misma sé ahora cuál es mi piel verdadera: si la de Fanny o la de Raquel. Tus manos tienen la palabra."

Portales cerró los puños, más desorientado que furioso, más abatido que iracundo.

"Me has engañado", dijo con voz ronca.

"Por supuesto", dijo Fanny/Raquel.



Mujeres condenadas (Delfina e Hipólita)


A la luz pálida de las lámparas fallecientes,
Sobre blancos cojines impregnados de olor,
Hipólita soñaba con los besos potentes
Que alzaban la cortina de su joven candor.

Buscaba con mirada que turbó la extrañeza
El firmamento de su inocencia ya lejana,
Al igual que un viajero que vuelve la cabeza
Hacia el azul horizonte que cruzó la mañana.

Las perezosas lágrimas de sus ojos velados,
Su sorpresa, su fatiga, su obscura locura,
Los brazos como inútiles armas abandonados
Todo a engalanar servía su frágil hermosura.

Extendida a sus pies, calma de gozo presa
Delfina la espiaba con sus sus ojos ardientes,
Como el animal fuerte que vigila una pieza
Tras haberla primero marcado entre los dientes.

Hermosa fuerte de hinojos ante una frágil bella
Espiaba voluptuosa el triunfo de su intento,
Como un vino, soberbia se inclinaba hacia ella
Como para recoger dulce agradecimiento.

De su pálida victima en los ojos buscaba
El mudo cántico que el placer canta en su giro,
Y aquella gratitud, infinita y esclava
Que parte de los parpados como un largo suspiro.

-“Hipólita, alma mía ,¿qué dices de esas cosas?
¿Te has dado cuenta que ahora no hay que entregar
El sagrado holocausto de tus primeras rosas
Al fuerte soplo que las pudiera marchitar?

Mis besos son ligeros como los de las estrellas
Que acarician de noche los lagos transparentes;
Pero los de tu amante clavarían sus huellas
Como las de una carreta o un arado hirientes.

Sobre ti pasarían como una caravana
De caballos y bueyes con cascos sin piedad.
Vuelve pues ese rostro, Hipólita, oh mi hermana,
Tú, alma y corazón mío, mi todo, mi mitad.

Torna a mí de tus ojos los azulados cielos,
Por solo una mirada de encanto sin confín,
De placeres aún más obscuros alzaré el velo,
¡y habré de adormecerte en un sueño sin fin!”

Pero Hipólita entonces, levantando la frente:
“No soy ingrata, Delfina mía, ni me apena
Tu amor, pero penando estoy de un mal mordiente,
Como después de una nocturna y terrible cena.

Caer sobre mí siento terrores enfermizos,
Y vagos batallones de fantasmas oscuros,
Que me llevan por caminos resbaladizos,
Ceñidos siempre por ensangrentados muros.

¿Habremos cometido algún negro extravío?
Explícame si puedes, esta turbación loca:
De terror me estremezco si me dices: Bien mío,
Y sin embargo, siento que hacia ti va mi boca.

No me mires así, oh mi única amada,
Tú, a quien quiero por siempre, mi hermana de elección,
Aún cuando para mí fueras mi firme emboscada,
Y hasta el inicio mismo de mi condenación”.

Y sacudiendo Delfina su crin volcánica,
Como convulsionada sobre un trípode eterno,
Respondió -la mirada fatal- , con voz tiránica:
-“¿Quién ante el amor se atreve a hablar del infierno?

¡Maldito sea para siempre y remisión,
El soñador inútil que pensó en su necedad,
Presa haciéndose de un problema sin solución,
En cosas del amor mezclar la honestidad!

¡El que quiera fundir en un acorde místico
La noche con el día , la sombra y el calor,
Nunca calentara su cuerpo paralítico,
En ese sol bermejo que llaman el amor!

Ve, si deseas, un novio estúpido a buscar,
Corre a ofrendarte a sus besos despiadados:
Y de remordimiento y horror llena a ocultar
Vendrás en mí después tus senos magullados.

¡No se puede aquí abajo servir a más de un amo!”
Pero la criatura, con grandiosa pasión,
Gritó de pronto:-“Siento que se abre a tu reclamo
En mi un abismo y esa profundidad es mi corazón!

¡Hondo como el vacío, como un volcán quemante!
¡Nadie saciará al monstruo gemebundo e insano,
Ni la sed de la Euménide calmará, torturante,
Que lo quema hasta el fondo con la antorcha en la mano!

Que los cortinados nos separen del mundo
Y que solo el cansancio dé descanso al amor!
¡Yo deseo aniquilarme en tu cuerpo profundo,
Y hallar en tu seno la tumba del frescor!”

Víctimas lamentables, descended, bajad de grado,
Descended camino al infierno imperecedero,
A lo más profundo de la sima en que los flagelados
Todos los crímenes por vientos de alas de acero,

Bullen mezclados con huracanes bramadores.
Sombras locas, corred del deseo al abrigo;
Nunca conseguiréis saciar vuestros furores,
Y de vuestros placeres se engendrará el castigo.

Jamás un rayo fresco brilla en vuestras cavernas;
Por las grietas del muro los miasmas venenosos
Se filtran e inflaman lo mismo que linternas,
Y empapan vuestros cuerpos de aromas espantosos.

Reseca vuestra carne y vuestra sed acosa
La fecundidad áspera de vuestra conjunción
Y hace de la lujuria la ráfaga furiosa
Crujir vuestra piel como un alejado pabellón.

¡Lejos de toda vida, errantes, condenadas,
A traves del desierto como lobos fugáis;
Cumplid vuestro destino, almas desordenadas,
Y huid del infinito que en vosotros portáis!

/Charles Baudelaire/Las flores del mal/